Fin de fiesta de Zësar Bahamonte o cómo organizar el

final de algo que recién empieza.

 

 

 

Por qué han de llamar locura

el motivo de mi canto,

y el compartir con mi hermano

las risas, el dolor y el llanto.

(Soleares)

 

Francisco Moreno Galván

 

Aunque debiera ser, de entrada, placentero -y lo es-, organizar una “fiesta” tiene lo suyo. Ya para el propio anfitrión que, con la responsabilidad de satisfacer a sus invitados, busca ayuda y complicidad en personas cercanas para que todo esté según lo previsto. Bueno, todo todo quizá no, pero por lo menos aquello que se considera fundamental para que la gente se sienta cómoda -incluso él- para gozar y desinhibirse como procede en estos casos. Bebida, instrumentos musicales varios y una cuidada iluminación para que surja lo que tenga que surgir. Lo sorpresivo, entendiendo eso como algo que afecta a todos por igual y es fruto del momento. Otra cosa es la sorpresa orquestada. En ese sentido, probablemente haya dos tipos de personas: las que les gusta sorprender y las que les gusta ser sorprendidas. En cualquier caso, me atrevería a decir que existe cierta tradición social que instaura la sorpresa como una costumbre inevitable en muchas celebraciones. Pero volvamos al espacio común, ese que quiere ser afín, cómodo, distendido y suficientemente visceral como para que puedan darse improvisaciones varias. Esas acciones espontáneas, especialmente documentables, en las que el público se desata y “lo da todo”. No hacen falta excesivos detalles para ello, sino un espacio físico que permita cierto descontrol (ese “subidón” durante el cual todos nos hemos desinhibido más de una vez).

 

Esta “fiesta” se ha venido organizando conforme a cierta hoja de ruta escrita desde la distancia que uno puede obtener con los años. Los que sean. Un proyecto el resultado del cual responde a una voluntad y a una necesidad propias de revisión. Una investigación y un mapeado que el propio Zësar Bahamonte (Dos Hermanas, Sevilla, 1986) ha llevado a cabo para dar luz a lo que él es como artista y como individuo. Un ejercicio cenital y revelador en el que se han rescatado personas, autores, acontecimientos y lugares. Un trazado en construcción que, en este mismo momento, probablemente haya ya mutado. Sin pensar en exceso, se parte de una lista -como haría Georges Perec- de aquello que aun está ahí y seguimos subrayando para luego reubicar y relacionar. Palabras que corresponden a personas y que se convierten al mismo tiempo en imágenes que toman forma para poder ser sobrevoladas y luego taconeadas. Una tarea nada fácil para la cual se precisa seleccionar quién tiene que estar y quién no hace falta que esté. La disposición de “los invitados”. No, la fiesta no ha ni siquiera empezado. Estamos en el principio de una celebración. Ante un acto generoso de alguien que, más que terminar nada, pretende cerrar un período, un momento, un periplo que le ha llevado hasta aquí. No, aun no ha terminado. El fin de fiesta se anticipa como venidero a la vez que regenerador. Algo que debe ocurrir pero no sin antes disfrutar del proceso en un ritual compartido. ¿Y qué mejor para ello que rodearse de aquellos y aquellas que han co-protagonizado tu propia vida?

 

La fiesta es un espectáculo ligado a la vida misma. Un acto de libertad respecto al propio sistema que lo acoge. Una expresión popular vinculada tradicionalmente al teatro, a la música, al folklore. A la calle. A pesar de ello, se festeja cuando no se trabaja. El ocio existe desde que se regula el trabajo como tal (ni remunerado, ni doméstico), con sus horarios y sus vacaciones como derechos adquiridos por la clase obrera. Y las personas disponemos de ese tiempo libre para dedicarlo a aquello que nos gusta. De ahí que el ocio se entienda asociado al placer, sin que ello no presuponga una actividad pues se puede “invertir” ese tiempo para descansar o, simplemente, para la contemplación. En cualquier caso, invertir, usar, utilizar, consumir… son verbos vinculados al mundo laboral y, por ende, al capitalismo como sistema de vida productivo. Eso explica que, cuando no trabajamos, sintamos muchas veces que perdemos el tiempo y, como consecuencia, infravaloremos nuestro espacio de ocio. ¿Cuántos domingos hacemos que se terminen al mediodía por querer conectarnos ya con el lunes? Nuestro tiempo es demasiado importante como para no dedicárnoslo a nosotros mismos. Pero ¿qué entendemos por ocio y en qué se ha convertido hoy? Por eso en su visión más antropológica, la fiesta debe plantearse o surgir como una actividad voluntaria y no lucrativa. Un momento de disfrute compartido. Y, por qué no decirlo, todo un espectáculo en el que la propia participación nos convierte en activos protagonistas. Y es que “la fiesta despliega todas sus posibilidades en un tiempo y un espacio que rompen con el ritmo de lo cotidiano para establecerse en el ámbito de lo excepcional, ofreciendo a su público una realidad transformada a partir de la articulación de diferentes formas de expresión, desde las más populares, marginales en la fiesta oficial, hasta los lenguajes artísticos más elaborados, que se fraguan, en las ocasiones más relevantes, con la participación de artistas de primer orden”1.

 

Luego están las maneras de celebrarlo entre los distintos grupos de gente. Como manifestación potencialmente subversiva y de cierta desobediencia civil que supone el ocio en su más amplio sentido, lo festivo viene también, a veces, camuflado bajo formatos vinculados a la tradición religiosa. Sin ir más lejos, el hecho procesional en Semana Santa supone un cierto festejo -aunque suene mal decirlo- por parte de cada cofradía con todo lo que suponen semanas atrás los preparativos del paso, los ensayos y las propias saetas cantadas en los puntos clave del recorrido. Algo que puede resultar paradójico pero que justifica una crítica a la vez que un deseo de integración de ese sentir popular a algo que viene impuesto. Se puede participar o no en ello, pero no se permite cuestionar su presencia en el espacio público de la ciudad. Esas y otras manifestaciones derivadas de cierta tradición se perpetúan en un ritual popular compartido -generacional, contextual e incluso étnico- susceptibles de profesionalizarse. El flamenco, por ejemplo. Aunque parezca mentira, nos cuesta aun entender que uno puede trabajar en algo que proviene, precisamente, de los momentos de disfrute en su tiempo libre. Determinadas prácticas artísticas, al no contemplarse como “productivas”, se asocian automáticamente a una manera placentera de “matar el tiempo”. Lo que se entiende como “hobby”. Eso ha pesado mucho en nuestra tradición y, sobre todo, ha supuesto un lastre y una ralentización importante respecto a la dimensión social del trabajo del artista (aun hoy los honorarios de este se cuestionan, mientras que cualquier operario u operaria puede ser remunerado por sus horas sin problema alguno). Y ello se debe a que, muchas veces, el propio artista no pone en valor su propia profesión. Algo así ocurre también en otras esferas de “lo artístico”. En el espacio público y en lo subcultural, las prácticas artísticas suelen configurarse orgánicamente desde grupos o colectivos por el puro goce de compartir afinidades, estéticas y lugares de actuación. Circunstanciales y efímeras, el proceso de las intervenciones y acciones llevadas a cabo equivale a lo festivo. En las dinámicas de las crews de escritores de graffiti, sin ir más lejos, es difícil discernir dónde empieza una cosa y dónde termina la otra. Estar pintando horas en el mismo sitio y con la misma gente conlleva cierto tono festivo en relación a esos aspectos mencionados al principio. Se trata de un tipo de diversión adolescente que ya empieza en determinados espacios de encuentro y en los preparativos de esa “pintada” colectiva. Algo que se resiste a abandonar, aletargando ciertas épocas supuestamente vinculadas a lo “joven”. Despojarse de todo ello supone, a veces, una renuncia a ciertas éticas y conductas de “la calle” y de los vínculos creados por el colegueo (entendido como esa “hermandad” transitoria entre quienes frecuentan y comparten momentos especialmente de ocio). El conflicto (sobre todo, personal) surge cuando se quiere arrastrar ese ocio hacia una profesionalización. Pasar de determinadas intervenciones en la calle a un trabajo remunerado que pide reconocimiento y legitimación externa como tal, requiere conciencia, rodaje y reflexión.

 

No sé si Zësar Bahamonte (ZB) se reconoce como escritor de graffiti. En cualquier caso, su bagaje personal y su manera de relacionarse con el mundo se reflejan en un trabajo que parece lejos de esos códigos de actuación. Estamos hablando de un creador que viene moviéndose e impulsando centros culturales comunitarios y de autogestión en los que la música y el espectáculo han estado muy presentes. Lugares en los que la creación se expande horizontalmente con el objetivo de acercarla a todos y a todas. Esa es la energía con la que ha venido desarrollando su labor artística. De ahí que sus intervenciones murales respondan muchas de las veces a un paso natural en querer compartir y acercar su labor creativa, contribuyendo a desenquistar determinadas situaciones socioculturales. En ese contexto, la creatividad se plantea ir más allá de lo productivo, mientras que lo festivo es el armazón para que todo ello fluya y se expanda. La trayectoria de ZB hay que entenderla desde esa mirada colectiva y proactiva para con los demás. Sevilla, Barcelona y Montevideo suponen puntos de su itinerario en los que participó, junto a otros y otras, de esos momentos de “ocio” en los que la impartición de talleres, un teatro también subversivo y, sobre todo, la música fueron la excusa para canalizar su generosa creatividad. Una música que ha estado y sigue estando muy presente en su vida por necesidades varias. ZB no solo maneja ciertos instrumentos, sino que se interesa por su construcción y hasta los reproduce sobre papel y en la calle. Eso sí, siempre junto a quien los toca o quien baila la música que emiten. A ZB le interesan las personas y su magia. Ese músico callejero que, como un juglar, provoca con su arte ese ambiente festivo del que venimos hablando.

 

Sin ignorar todo esto, no es de extrañar que elija la fiesta en esta ocasión como formato desde el cual transmitir el momento en el que está. ZB ha organizado dos encuentros extraordinarios -el primero en Sevilla y el segundo en Madrid- para los cuales no todo el mundo está invitado. Los espacios elegidos simbolizan, precisamente, dos escenarios distintos de su propia historia personal: la torre Radiópolis, un espacio particular y emblemático junto al Guadalquivir; y La Causa, una galería madrileña enfocada a artistas emergentes en pleno barrio de Malasaña. El primero es un lugar conectado con sus orígenes, su gente, sus maneras de proceder en espacios recuperados de la ciudad. El segundo representa la visibilidad de su profesionalización como artista. Dos caminos indisociables. Por eso ambos espacios se vestirán de una serie de pinturas hechas para la ocasión. Siete piezas hexagonales y de la misma medida dispuestas y encajadas entre sí sobre la pared: cuatro aprendizajes y tres agradecimientos (la frontera conceptual entre ellos es difícil de establecer). La terminología utilizada por ZB al clasificar y describir estas piezas, resulta muy cercana a la establecida por el flamenco respecto a sus distintos palos, próxima al sentir de la vida y a lo que esta le aporta a uno. Las siete piezas son parte de una puesta en escena que ilustra su trabajo artístico hasta el momento, la cual incluye también la construcción de una tarima -también hexagonal- para la ocasión. Otra “pieza” que también será pintada para formar parte de ese atrezzo artístico-festivo. Una plataforma concebida para recibir el taconeo de varias bailaoras amigas que ha ido cosechando a lo largo de su vida, al igual que los músicos que pondrán banda sonora a esos bailes. Una “pintura viva” que se verá modificada por el percutir de la fiesta, y que se exhibirá con todos sus registros. Una pieza de suelo y de pared, susceptible de ser reubicada generosamente en cualquier rincón de la ciudad para su reutilización. En cualquiera de los sitios -y recuperando el espíritu y el desarrollo de los tablaos flamencos-, ZB no recrea nada. Simplemente, provoca lo que ha venido presenciando y protagonizando en su entorno más cercano. Todo un psicomágico fin de fiesta dispuesto para bailar sobre sí mismo. Un cierre abierto. Un hasta luego.

 

 

Jordi Pallarès

 

 

 

 

 

 

1-Ferrer Valls, Teresa. “LA FIESTA EN EL SIGLO DE ORO: EN LOS MÁRGENES DE LA ILUSIÓN TEATRAL”. Teatro y fiesta del Siglo de Oro en tierras europeas de los Austrias. Madrid, SEACEX, 2003 27-37.

 


LA CAUSA GALERIA

Calle Jesús del Valle 27

28004 Madrid