HISTORIAS ESTANCADAS

project by Martin Kazanietz

and La Causa Galería


with

GALERIE DU 10 - Instituto Francés de Madrid

19.01.21 - 19.02.02


Una repentina sensación de cansancio se apodera de todo mi cuerpo y me tira para abajo, como si en vez de querer llevarme a tocar el cielo pretendiera hundirme hacia el piso.  Y ahí decido quedarme. Solo tengo un deseo que me toma por completo y ansío ferozmente que las imágenes pasen como en una cinta magnética y que en ese devenir solo aparezca el derrotero de una vida que no es mi vida pero cuanto se le parece. Un mar de preguntas invade mi cabeza pero no tienen respuesta; o quizás debamos empezar a contestarlas juntos quienes pertenecimos a una generación que ya no existe. ¿Tienen movimiento estas escenas? ¿Cuál es el modo automático? ¿Son historias estancadas o solo es el modo de retratar una espera? ¿El automatismo soy yo? ¿Tenemos un momento o solo estamos corriendo entre dos tiempos que nos son ajenos? ¿Cuánto dura un recorte preciso? ¿ el futuro es para siempre?


Atravesado por ser parte de una generación que se quedó en el medio, con una primera infancia jugando en la calle, con pelota, escondidas y rayuela en la acera y con una adolescencia con internet en router telefónico, Messenger y emoticones sencillos, Martín Kazanietz presenta un dispositivo expositivo para mostrar sus pinturas que bien podría ser una escultura cinética que sirva como un retrato abstracto de esa sensación de no pertenecer concretamente a ningún mundo.  La máquina se mueve de la misma forma en la que giraba el rollo de una vieja cámara de fotos analógica por dentro, pero al mismo tiempo las imágenes que muestra tienen el tamaño y el estilo de esa fotografía que nos mandaron por whatsapp hace un rato. Ahí, en ese intersticio temporal, que no es pasado y tampoco futuro, es que las imágenes componen una sinfonía desordenada, caótica y sobre todo profundamente actual de paisajes, olores, oficios y colores de una cotidianeidad que nos abruma. 

Los personajes, situaciones y ficciones que habitan las pinturas de Martín Kazanietz discurren entre la pesada sensación de arduo cansancio que puebla nuestros días de un automatismo  heredado del fordismo, de la fuerza del trabajo y de la producción en serie (también evidenciado más abstractamente en la cantidad de imágenes sobre el consumo popular ilimitado y el valor agregado en las marcas falsas y verdaderas) y de pequeños gestos naturales e intuitivos de cuidado, protección, afecto y deseo. El voyeurismo que utiliza Martín como método para apropiarse de imágenes ajenas escupe escenas diseñadas en tercera persona del plural, pero que indefectiblemente hablan en primera. Hay una evidencia dando vuelta, pero ¿querremos pagar el costo de asumir el pesimismo? Quizás, sólo sea una oportunidad para evidenciar el agotamiento de la sociedad/saciedad del espectáculo o simplemente hacernos cargo del malestar como práctica de redención.  Es que quizás pintar la cotidianeidad, lo que resiste, las categorías, la idea del “buen gusto”, el hastío, el silencio, lo exagerado, la superproducción y la inmensidad de los vínculos es una forma de elaborar un mapa político-emocional de un mundo que funciona de memoria, que actúa teledirigido por las necesidades de un mercado enajenante que solo propone continuar su paso sin detenerse en lo vaciado, en lo que sobra, en lo que se cae, en lo que se derrama, en lo que contamina, en lo no sustentable, en lo que daña. 

Hay en los personajes que pinta Martín Kazanietz algo de superhéroes de barrio, de gente común que solo aguanta y resiste pero que no sabe qué ni hasta cuándo. Miro detenidamente los trazos de sus musculaturas y no encuentro un solo gesto armonioso, sino mucha tensión acumulada;  un sudor frío que les recorre la espalda, pero que no se seca sino que se multiplica en mares. 

Me gusta pensar a Martín como un escultor de paisajes sociales, de formas quietas, de la imagen congelada. Sus operaciones plásticas son evidentemente distintas a la acción formal de cocinar el barro o de fundir el bronce pero cuan cercana es la poesía de sus cuerpos a la operación política de inmortalizar próceres devaluados. Pienso que estos ídolos de la cotidianeidad están por todas partes, residen en cada oficina, en cada apartamento a donde hay que llevar el pan, en una fábrica explotadora, en una peluquería de barrio o en la fila del tren cuando está congestionado y solo queremos hacernos un lugar para volver a casa. No tienen el nombre de una calle, ni lo tendrán. Son patriotas sin estatuas: invisibilizados, rotos, manchados, sucios, desgastados. Es lo que queda de nosotros, lo que nos hicieron ser, lo que sangra, lo que llora, lo que se evapora, lo que algún día expira y muere.

Tomar fotografías, guardarlas en el álbum del iPhone, llevarlas al lienzo y reproducirlas en un carrete de juguete es otra forma posible de resistir o quizás, de volver a jugar como lo hacíamos de niños. Las fotos en la memoria como un cofre de tesoros, como un diario íntimo o como ese álbum de figuritas del Mundial del 94. Ese, en el que Maradona lloró sin llorar frente a la televisión para ser el más humano de todo los dioses. Porque al fin y al cabo, aguantar y no morir es un acto automatizado de supervivencia.  Joaquín Barrera Buenos Aires, 10 de diciembre de 2020

Joaquín Barrera